Estoy en la isla de San Andrés, mi esposa y mi hija han llegado de la playa privada del hotel, un poco insoladas y se han dormido. El sol coqueto se ha tornado naranja rojizo y se apresta a dormir en su morada submarina. Me voy caminando sin rumbo, mis pasos me sacan del hotel Sol Caribe Campo y veo venir un viejo bus urbano que lame perezoso la superficie áspera del asfalto. Me subo en él como una pulga que encuentra un perro callejero, pero este artificio de metal caliente está repleto de muchas pulgas de rostro moreno y mirada serena que hablan en inglés. Mientras más viejos sus rostros, más bondadosos me parecen.
El bus encara una cuesta pronunciada, sus músculos cansados parecen desfallecer y entonces detrás de la línea del pavimento va apareciendo ante mí el pintoresco paisaje del barrio de La Loma, de calles polvorientas, casas de color abigarrado, rostros curtidos, regordetes, que se dirigen pausadamente, saludando a veces, hacia la iglesia bautista que se los va tragando.
Me bajo en este barrio donde no existen sitios para que pueda estar un turista, me quedo allí, tan fuera de lugar, sin donde estar, mientras la única calle se viste de luto y en el cielo me sonríen las primeras estrellas.
De repente escucho la voz potente del predicador, las mujeres gordas, de senos desparramados forman hileras y ante las invocaciones del pastor, ellas elevan la mirada al techo como buscando a Dios y abren sus labios carnosos y morenos para emitir los sonidos más bellos, tan bellos que me recorre la electricidad desde la coronilla hasta el dedo gordo del pié y los vellos de todo el cuerpo se levantan en honor de aquellas voces, de aquel sentido gospel, de aquel cántico de ángeles. Me doy cuenta que debajo de la piel morena y curtida de estas gentes, debajo del polvo, detrás de las paredes de color abigarrado, de la miseria, del olvido del gobierno de las gentes del "continente", tras los ojos morenos y las sonrisas blanquísimas, está esa alma de bondad, esa religiosidad de vida espartana, el alma de este paraíso que sale por la boca de sus matronas, en una iglesia bautista perdida en el centro de la isla perdida en el centro del Caribe. Yo también estoy perdido de varias maneras, mi cuerpo perdido en el polvo de la calle con pasos que no saben a donde ir, perdida mi alma en las incertidumbres de la vida, perdido el amor de mi esposa, perdido el norte de mi existencia, después de alcanzar los sueños, después de las desilusiones, perdida también mi capacidad de soñar.
Nunca olvidaré la noche del barrio de La Loma, cuando más que un turista fuí un intruso, cuando me topé de frente con la decencia y el alma de un pueblo.
Una luna inmensa que me miraba desde el cielo, comenzó a cerrar su párpado de agua y se durmió.
miércoles, 24 de octubre de 2007
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