lunes, 8 de octubre de 2007

Fantasmas del Pasado

Nací en un pequeño pueblo en las montañas cafeteras de Colombia, era mi pueblo querido porque aún no sabía que era un pueblo maldito y que como buen hijo, heredaría la maldición que ensombrecería mi vida.

Desde pequeño sentí gran atracción por las mujeres pero sólo a los 16 años me sentí verdaderamente enamorado de una chica menuda, grácil como una gacela, de ojos negros profundos, grandes, ingenuos, de gacela, de sonrisa tierna, tímida, de gacela, de dientes pequeños . . . sí, de gacela.

Ella era Penélope, mi primer amor. Tengo que decir también que fue mi primer amor no correspondido, el primer rechazo de mi vida, el primero de una constelación.

¿Por qué me rechazó Penélope, si creo que yo le gustaba, si existía entre nosotros esa magia, esa armonía de almas?

Sus padres me miraban con recelo, cierta vez, en un paseo, los dos nos sumergimos simultáneamente en la piscina por algunos segundos; al emerger noté que el asunto había originado un revuelo insospechado, su hijita querida había escapado con un jóven a las profundidades acuáticas.

Comprendí todo cuando una tarde me presenté en su casa sin anunciarme, ella me recibió con nerviosismo y antes de que me pudiera explicar que había sido una mala idea, llegó un hombre vestido todo de negro como un verdugo, en realidad era mi propio verdugo, fué recibido por sus padres, quienes le preguntaban cómo iban sus negocios y llamaban a gritos a Penélope para que recibiera a éste engendro.

Entonces Penélope me confesó que era su prometido y que no podía aceptar mi amor.

Le debo la vida a la vil cobardía porque no fuí capaz de suicidarme.

Después de un tiempo, comencé a visitar a Aracné, yo ya era estudiante universitario, ella todavía seguía en el bachillerato y para más señas, era compañera de Penélope. Aracné se llevó un año entero de mi vida; al final, su padre murió y ella, la mayor de la familia, su esperanza, tuvo que enfrentarse a la realidad de la subsistencia. Su original solución fue conseguirse un tipo que tenía una verdulería. Yo tuve que marcharme con el rabo entre las patas y me prometí nunca más buscar a esta mujer.

Mis méritos académicos, mis matrículas de honor, mi diploma de excelencia poco servían en este pueblo donde lo que se buscaba era gente $conveniente$.

En esa época llegó al pueblo el fenómeno del narcotráfico. Intempestivamente, algunas humildes familias empezaron a mostrar un éxito económico insospechado, el pueblo se llenó de vehículos lujosos, en especial camperos que llamábamos “narcotoyotas”. Mi familia no fue ajena a este fenómeno aunque mi mamá, mis hermanos y yo nos negamos a participar de él. Pero la gente, que suele interpolar y extrapolar, extendía hasta mi persona el asunto aquel de la riqueza que nunca disfruté. Y en la mente de algunos pasé al grupo de los $convenientes$.

Fue cuando conocí a una chica, de la cual sólo diré que estudiaba en la Universidad Libre. Sucede que almorzábamos en el mismo lugar, en una casa de familia que se convertía en restaurante a la hora del almuerzo. Yo me hice el simpático porque ella era realmente bonita y comenzamos una primavera de almuerzos con tertulia. Un mediodía en que el sol entraba con fuerza por el rectángulo del patio, que yo podía ver los vellos de esa piel muy blanca mientras sus cabellos negros se balanceaban brillantes como los de Blancanieves, toqué su mano. Yo no suelo tocar a las personas porque suceden estas cosas, porque soy muy electrostático. Fue sólo un roce y todos los vellos de su piel sufrieron una erección. Le dije ¿Crees que mi mano pueda hacerle el amor a tu mano? Y entonces mi mano le hizo el amor a su mano y os juro que allí mismo, en aquella mesa de almuerzo, hubo más orgasmos que platos.

Yo estaba muy curioso por saber dónde vivía esta belleza y después de varios días de labor detectivesca, pude subirme a un bus de regreso con ella. La acompañé hasta su casa, que resultó ser un humilde cuarto de inquilinato donde se hacinaba toda una familia y era su mayor secreto. La situación económica era crítica porque los iban a lanzar del inquilinato. Esa semana ella me insinuó que nos viéramos el viernes a las 6 p.m. para tomar el bus de regreso al pueblo. Cumplí la cita, la acompañé a su casa, pero lo que otrora fuera un lugar lleno de vida, de niños, estaba extrañamente a oscuras y solitario. Entonces recordé que en ése pueblo maldito que nos parió, ninguna decisión de amor se toma por amor, recordé la decisión de Penélope, la de Aracné y sentí que era una celada, sentí pasos de animal grande, yo era un ingenuo ratón y ella era una gata. Ni qué decir que huí.

Dos meses después me la encontré, estaba embarazada, me dijo que se había ido a vivir con un tipo. 23 años después yo me toparía con esa criatura que se gestaba en su vientre, pero esa es otra historia.

Y así siguieron muchas historias teñidas con el color del rechazo, como la de Venus, una delgada y voluptuosa trigueña a la que invité a una fiesta de la universidad, bailó con todos, estuvo con todos, menos conmigo. A la hora de irse me buscó para que la llevara a casa.

Aunque la maldición se cumplió y se sigue cumpliendo al pié de la letra: “Toda proposición de amor surgida de mí será rechazada”, pude compartir el amor con dos mujeres. Sucedió porque yo no las deseé, no las perseguí, no les insistí. Sencillamente ellas me eligieron y yo acepté.

La primera fué una estudiante de Química de segundo semestre, yo estaba en séptimo. El derecho de las cosas es que yo la sedujera, pero sucedió al revés. Resulta que ella tenía un problema y pensó que yo, con mi supuesta experiencia, lo podía resolver: No había podido perder su virginidad. Yo era un romántico empedernido y ella marxista-leninista, mientras yo intentaba construir un vínculo de almas ella intentaba todo lo posible y lo imposible en lo físico. Sin embargo, siempre que llegábamos al punto culminante, me estrellaba contra una barrera impenetrable, tenía un super-hímen, una muralla fortificada, un blindaje de acero. Ella se llevó otro año de mi vida.

La segunda chica que me amó, era totalmente ingenua, yo era su primer amor y fuí casi todas sus primeras veces. Me convertí en su esposo. Fuimos felices por un tiempo, luego se sumergió en las aguas oscuras de la depresión, llenando también de oscuridad mi alma. Ella se llevó a la tumba 25 años de mi vida.

Con el fluir de los años tuve algunos encuentros pasajeros con todas estas mujeres. Primero me las encontré felizmente casadas, si es que tal cosa puede existir, yo pensaría mejor que felizmente resignadas. Luego que pasaron más años, las cosas comenzaron a cambiar.

En una feria sobre computadoras en Bogotá me encontré a Venus, felizmente separada, con una hija, alquilando cuartos en la casa que seguramente le quedó del divorcio. Aunque mi encuentro con Venus fue de sólo una semana, lo cual la clasificaría en la categoría de amores de verano, ella se emocionó mucho al verme ¿o sería al enterarse de que yo era un empresario exitoso? Me llevó a su casa, pero no pude quedarme mucho tiempo porque tenía compromisos. Me hizo prometerle que volvería y ella me hizo ciertas promesas veladas. Pero yo nunca volví. Realmente esa mujer se parecía muy poco a la Venus que invité a bailar, era solamente el fantasma de lo que fué.

Luego me encontré a Aracné, felizmente recién separada, se emocionó al verme, dijo que ya era mucho más madura, que eran otras las circunstancias de su vida y me puso una cita en un hotel. Yo miraba a esa mujer golpeada por la vida, que no se parecía en nada a la Aracné que una vez amé y que me prometí no ver nunca más. Ella era otro fantasma de mi pasado, que golpeaba a mi puerta pensando que yo era el mismo de antes, que no habían pasado 28 años. Falté a la cita y nos perdimos mutuamente, ahora para siempre.

Un día en un supermercado, me encontré a la Química, tenía esposo y un hijo. Se alegró de verme supuestamente feliz, casado y con hija (¿Qué mas dice uno en esas circunstancias?). Me invitó a que la visitara, yo pensé que sería una situación bastante incómoda para su esposo y no lo creí conveniente.

Hace poco por un azar del destino, estuve en la casa de la chica de la Universidad Libre. Se negó a dejarse ver de mí. Existen muchas razones para ello y prefiero que sea así, ¿para qué conocer el fantasma si todavía el recuerdo de su belleza lo tengo vivo?

Como dije antes, mi esposa murió, es un fantasma pero de otro tipo. Al principio quería hablar con ella, quería una línea directa al otro mundo, para preguntarle muchas cosas, aclarar los misterios que me consumían vivo, finalmente sólo me queda creer en sus últimas palabras “Cuida bien a nuestra hija, quiero que sepas que los amé mucho a los dos”.

Ya sólo me quedaba un fantasma de mi pasado y apareció el viernes. Separados por una puerta de vidrio cerrada, barrera translúcida que ella quería atravesar para llegar a mí, separados por treinta años de vida sin saber el uno del otro, separados por los usos y costumbres de un pueblo maldito que ella todavía habita, separados por una maldición, por una decisión que bifurcó el universo en dos, tocándonos vivir en el universo paralelo del no, del rechazo, de la soledad, del olvido, del desamor, comprobando que la vida es redonda, que caminando en dirección al futuro llegamos de nuevo al lugar de partida, ha venido ella, mi primer amor, Penélope.

Me preguntó ¿cómo estás? Iba a responder bien, pero entonces se me ocurrió ser sincero y le dije “viudo, vivo en una pequeña casa con mi hija de once años y tú?”

“Estoy divorciada y vivo en el pueblo con mi hija de once y mi madre”.

Todavía tiene ese cuerpo menudo, los ojos negros de gacela, la sonrisa tierna, la cicatriz que en vez de afearla la embellece, es la misma Penélope de los 16 años, es como si el dedo del Destino hubiera presionado el botón de PAUSA en la grabadora de nuestras vidas y el viernes, luego de treinta años, se hubiera acordado, accionando de nuevo nuestras existencias.

Fin

1 comentario:

pensando con el corazon dijo...

Jorge, pues no que me has vuelto a emocionar..

Yo soy una romántica empedernida, y frustrada mil y una vez por acontecimientos que creo no soy capaz de relatar tan bien como tu.

Te deseo suerte con Penelope.. bueno, pienso que tanta casualidad no puede existir...

Un abrazo

Sarsillo